Un muelle que solo sabe ir hacia delante
Lisboa, 1 de noviembre de 1755. Leonor, hija de relojero y relojera sin derecho a firma, discute con su hermana Clara y le dice lo que nadie debería decir. Clara se marcha cinco minutos antes de lo habitual. A las nueve y cuarenta la tierra se abre. Con ese planteamiento, «Cinco minutos antes» podría haberse quedado en melodrama de catástrofe; Inés Caldeira y Marlon Falcón eligen otro camino, más difícil y más hermoso: convertir la reconstrucción de una ciudad en la reconstrucción de una conciencia.
Lo primero que llama la atención es la coherencia del sistema metafórico. Todo en el libro es relojería: el escape que muerde con prisa, el muelle real que solo se desenrolla hacia un lado, la rueda de doce dientes que invierte el giro de las agujas sin devolver la fuerza gastada. La escena en que el padre, ya tembloroso, explica a su hija que a un reloj se le pueden atrasar las agujas pero al día no, es de una sobriedad que recuerda a la mejor tradición de la parábola doméstica. La imagen no se impone; nace del oficio y vuelve a él.
La arquitectura también está pensada. El cuaderno de las horas, donde Leonor anota a qué minuto se paró cada reloj, une tres hilos: el duelo íntimo, la incipiente ciencia sísmica que encarna el agrimensor Gaspar y la investigación detectivesca sobre el paradero de Clara. Ver cómo el plano de la Baixa se llena de cruces de colores, y cómo luego el plano pombalino borra las higueras y los pozos, es de lo más inteligente del libro: la pregunta sobre si reconstruir es recordar u olvidar queda planteada sin sermón.
La lengua es limpia, sensorial, con un cuidado admirable por el léxico de los oficios y por la cocina del barracón. El terremoto se narra con contención: el polvo, las fachadas abiertas como libros mal cosidos, el río que se retira. No hay regodeo en el dolor, y se agradece.
Ahora, los reparos. La trama descansa en exceso sobre coincidencias felices: la lavandera que vio el chal, la novicia que conserva el punto, la carta oportuna. Cada una es verosímil; juntas, se notan los hilos. Gaspar es encantador, pero demasiado perfecto, y el conflicto entre ambos se resuelve con una docilidad que le resta tensión. Algún símil insiste donde la escena ya había dicho bastante, y el examen gremial se despacha con una generosidad casi de cuento.
Aun así, el desenlace, que no desvelaré, tiene la valentía de no dar la respuesta fácil a la culpa y encuentra una idea genuinamente conmovedora sobre qué hacemos con las palabras que solo nosotros recordamos. Es una novela que sabe lo que le debe a la tradición del relato histórico de oficio y que la honra con dignidad. No es perfecta, pero anda en hora.
Cinco minutos antes
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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