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Cartas a oscuras: diez historias de amor contadas con la luz apagada

Zuri Valdés

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Os lo digo ya: me atrapó en la primera página. Un generador que tose tres veces antes de arrancar, una técnica con un destornillador entre los dientes y un locutor de voz ronca al que le han quitado su programa de las mañanas. Matanzas a oscuras, y una idea sencilla: que la gente escriba cartas contando cómo se enamoró cuando se iba la luz, y que él las lea en antena.

El libro es casi una antología con hilo conductor. Cada capítulo trae una carta de un rincón distinto de Cuba, y casi todas son una joya. Hay una panadera de La Habana Vieja que aprende a hornear en un fogón de carbón en la azotea del vecino. Hay una costurera de Pinar del Río que, por primera vez en cuarenta años, se cose algo para ella. Hay un relojero de Santa Clara que no quiere que un reloj se pare, y no solo el reloj. Con la de la enfermera de Cienfuegos y el hombre que le llevaba hielo en bicicleta a las tres de la madrugada tuve que cerrar el libro en el metro y mirar por la ventanilla un rato.

Lo que más me gusta es lo físico que es todo. Los autores no escriben sobre el amor en abstracto: lo meten en un metate de cacao, en una cuerda de guitarra rota, en una vasija agujereada que llena un techo de estrellas. Cada carta llega con su objeto, y la consola del estudio se va convirtiendo en un altar pequeño. El libro reconoce que la oscuridad pesa, pero no se queda en la queja. Habla de gente que se las arregla, se ayuda y se encuentra.

Ahora, lo que me chirrió. Las cartas siguen todas el mismo molde: dos personas que no se conocían, un oficio a mano, un acercamiento lento y un final tierno. Hacia la sexta ya sabes cómo va a sonar la música. Una sí rompe el patrón, la del trovador de Santiago, que no se cierra con lazo, y por eso es de mis favoritas. Y la historia que pasa entre locutor y técnica funciona a base de un mismo chiste repetido: ella insinúa, él no se entera. Al principio tiene gracia. A la quinta vez quería meterme en el libro y zarandearlo un poco.

Aun así, el último tramo me ganó. No os cuento nada, solo que el libro sabe dónde apagar la luz.

Es un romance amable, sin una sola página fea, para leer despacio o regalar a alguien que necesite creer en la gente. Le falta algo de sorpresa para ser redondo, pero me dejó el corazón calentito y ganas de escribir una carta a mano.

Cartas a oscuras

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido