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Diez cartas y un generador que no sabe callarse

Ramiro Etxeberria

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Mi abuela tenía una radio que solo cogía bien si uno la apoyaba contra la ventana de la cocina. La escuchábamos de pie, como quien atiende a un pariente que habla bajo. Me acordé de ella en la primera página de «Cartas a oscuras», cuando el generador de una emisora de Matanzas tose dos veces y arranca a la tercera. Desconfío de los libros que empiezan con un apagón, porque suelen pretender iluminar algo. Este, por suerte, se conforma con alumbrar poco y bien.

La premisa es sencilla. Un locutor veterano, Ismael, se queda sin franja de mañana por culpa de los cortes de luz. Dalia, la técnica que cuida el motor y apunta cada minuto en una libreta azul, le propone un programa nocturno: leer cartas de amor nacidas a oscuras. Y llegan. Una panadera habanera y un tipógrafo que comparten fogón en la azotea. Una costurera de Pinar que por fin se cose un vestido. Una enfermera de Cienfuegos y un hombre que le trae hielo en bicicleta a las tres de la madrugada. Un relojero de Santa Clara que no quiere cerrar un resguardo.

Ahí está lo mejor del libro, y es mucho. Cada carta es un relato breve con oficio, olor y textura propios: el cacao molido en metate, el papel cebolla que cruje, la prima rota de una guitarra. Hay frases que uno copia en el margen sin pedir permiso: «la costumbre, que es una manera muy callada de querer a alguien». O el trovador santiaguero que aprende que el perdón no se cobra cantando bonito. Esa carta, por cierto, es la más valiente, porque no regala nada.

Lo que sobra, o casi, es la insistencia. Cada capítulo termina con Dalia insinuando y con Ismael malinterpretando, siempre con la misma fórmula: «y pensó que se refería al motor». La primera vez sonreí. La cuarta, también. Hacia la octava ya le estaba dando golpecitos al libro como a la radio de mi abuela, a ver si cogía la emisora. El lector entiende muy pronto lo que el protagonista tarda diez semanas en entender, y esa distancia, que podría ser tensión, se queda en guiño repetido. También algunas cartas se parecen demasiado en su arquitectura: dos personas solitarias, un oficio manual, un apagón que las junta. Con menos simetría habrían respirado más.

Aun así, el libro tiene algo poco frecuente: respeto. Por los oficios, por la lentitud, por la gente que vive en la penumbra sin convertirla en espectáculo ni en discurso. No hay sermón, solo portales, quinqués y boleros. Y el desenlace, que no pienso contar, está resuelto con una elegancia de radio antigua: sabe cuándo bajar el volumen.

Cierro el libro y pienso que hay historias que se leen con luz y otras que se escuchan a oscuras. Esta es de las segundas. Apoyen la radio contra la ventana.

Cartas a oscuras

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases