Diez cartas y un generador que no sabe callarse
Mi abuela tenía una radio que solo cogía bien si uno la apoyaba contra la ventana de la cocina. La escuchábamos de pie, como quien atiende a un pariente que habla bajo. Me acordé de ella en la primera página de «Cartas a oscuras», cuando el generador de una emisora de Matanzas tose dos veces y arranca a la tercera. Desconfío de los libros que empiezan con un apagón, porque suelen pretender iluminar algo. Este, por suerte, se conforma con alumbrar poco y bien.
La premisa es sencilla. Un locutor veterano, Ismael, se queda sin franja de mañana por culpa de los cortes de luz. Dalia, la técnica que cuida el motor y apunta cada minuto en una libreta azul, le propone un programa nocturno: leer cartas de amor nacidas a oscuras. Y llegan. Una panadera habanera y un tipógrafo que comparten fogón en la azotea. Una costurera de Pinar que por fin se cose un vestido. Una enfermera de Cienfuegos y un hombre que le trae hielo en bicicleta a las tres de la madrugada. Un relojero de Santa Clara que no quiere cerrar un resguardo.
Ahí está lo mejor del libro, y es mucho. Cada carta es un relato breve con oficio, olor y textura propios: el cacao molido en metate, el papel cebolla que cruje, la prima rota de una guitarra. Hay frases que uno copia en el margen sin pedir permiso: «la costumbre, que es una manera muy callada de querer a alguien». O el trovador santiaguero que aprende que el perdón no se cobra cantando bonito. Esa carta, por cierto, es la más valiente, porque no regala nada.
Lo que sobra, o casi, es la insistencia. Cada capítulo termina con Dalia insinuando y con Ismael malinterpretando, siempre con la misma fórmula: «y pensó que se refería al motor». La primera vez sonreí. La cuarta, también. Hacia la octava ya le estaba dando golpecitos al libro como a la radio de mi abuela, a ver si cogía la emisora. El lector entiende muy pronto lo que el protagonista tarda diez semanas en entender, y esa distancia, que podría ser tensión, se queda en guiño repetido. También algunas cartas se parecen demasiado en su arquitectura: dos personas solitarias, un oficio manual, un apagón que las junta. Con menos simetría habrían respirado más.
Aun así, el libro tiene algo poco frecuente: respeto. Por los oficios, por la lentitud, por la gente que vive en la penumbra sin convertirla en espectáculo ni en discurso. No hay sermón, solo portales, quinqués y boleros. Y el desenlace, que no pienso contar, está resuelto con una elegancia de radio antigua: sabe cuándo bajar el volumen.
Cierro el libro y pienso que hay historias que se leen con luz y otras que se escuchan a oscuras. Esta es de las segundas. Apoyen la radio contra la ventana.
Cartas a oscuras
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
