Diez semanas leyendo el amor ajeno sin ver el propio
Hay libros que se leen con los ojos y otros que se escuchan. «Cartas a oscuras» pertenece a los segundos. Ismael Ferrer, locutor de Matanzas desplazado de su horario por los apagones, termina leyendo de noche las cartas de amor que le envían oyentes de toda la isla, mientras Dalia, la técnica del generador, lleva la cuenta del combustible en una libreta azul. El planteamiento es sencillo y la novela tiene la sensatez de no complicarlo.
Lo mejor está en las cartas. Caridad, la panadera que descubre que no quiere volver a cocinar sola; Odalys, la costurera que por fin se cose un vestido; Fermín, el trovador que entiende que el perdón no se cobra cantando bonito. Cada voz tiene su oficio, su vocabulario y su manera de esquivar lo importante, y eso es lo que me convenció como lectora de personas: nadie ama en abstracto, aman con las manos ocupadas. El metate, el torno de relojero, el abanico de guano que una pareja agotada se pasa sin mirarse son detalles que hacen creíble la emoción sin subrayarla. La carta de Alamar, escrita a turnos por dos padres primerizos que se han dejado de hablar, me pareció la más honesta: no promete que todo se arregle, solo que se vuelve a intentar.
El marco, en cambio, tiene un problema de ritmo. Desde las primeras páginas sabemos lo que siente Dalia, y la novela insiste en mostrarnos, capítulo tras capítulo, que Ismael no se entera. La primera vez resulta tierno; la quinta, previsible; hacia la octava, el remate en que él atribuye cada gesto a la técnica o al motor suena más a mecanismo que a psicología. Entiendo la intención, la de un hombre que ha hecho de leer vidas ajenas su escondite, y la propia novela lo nombra con la imagen del lector de tabaquería, que es preciosa. Pero me habría gustado verlo dudar alguna vez, intuir algo y apartarlo. Así su ceguera habría sido un miedo y no una costumbre del texto.
Dalia, por su parte, es un personaje cálido y bien observado, aunque la vemos casi siempre a través de lo que hace por él. Echo en falta saber qué la sostiene cuando no está pendiente del estudio.
Aun así, el libro cumple lo que promete. Es un romance amable, sin estridencias, que trata la escasez con respeto y sin convertirla en espectáculo, y que entiende que la oscuridad también puede acercar a las personas. Lo cerré con la sensación de haber pasado diez noches en un portal, escuchando una radio de pilas. No es poca cosa.
Cartas a oscuras
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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Psicóloga y lectora de personajes
