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Cartas a oscuras: un libro para leer con la luz justa

Gael Ortuño

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Si me lo pidieran en el mostrador, diría que este libro es una caja de cartas con un hilo que las une. Estamos en Matanzas, con apagones diarios, y Ismael Ferrer, locutor veterano al que le han quitado su programa de las mañanas, acaba en la noche leyendo por la radio las cartas de amor que le mandan los oyentes. Al otro lado del cristal está Dalia, la técnica que mantiene vivo el generador y lo apunta todo en una libreta azul.

Lo que engancha de verdad son las cartas. Hay una panadera de La Habana que aprende a cocer pan en la azotea de un vecino al que tenía por estirado, una costurera que por fin se cose un vestido para ella, una enfermera que recibe hielo cada madrugada, un relojero que no quiere terminar de reparar un reloj. Cada una es un cuento corto, con su oficio contado con un detalle precioso: cómo se muele el cacao en metate, cómo se tornea un eje de volante, cómo se tapa la cazuela con brasas encima. Se leen de un tirón y dejan buen sabor. Ninguna es empalagosa, y algunas, como la del trovador de Santiago, tienen una madurez que se agradece: no todo se arregla cantando bonito.

El hilo principal es más previsible. Desde la primera página se ve hacia dónde va Dalia, y el libro juega a que Ismael no se entere durante diez semanas. Al principio es simpático ese guiño al final de cada capítulo, con él pensando que ella habla del motor. Hacia la mitad, la fórmula se nota mucho y uno tiene ganas de darle un codazo al protagonista. Aun así, el desenlace está bien resuelto, con una imagen final muy bonita que no voy a contar.

El ritmo es tranquilo, de capítulo por noche. Funciona estupendamente para leer a ratos, una carta antes de dormir, o en un par de tardes de verano con la ventana abierta. La prosa es limpia, cálida, con mucho sabor cubano sin caer en postal turística, y con una banda sonora de boleros que da ganas de poner a Benny Moré mientras se lee.

¿Para quién? Para quien disfrutó de libros de cartas y pueblos pequeños, para quien busca romance adulto y sereno, con parejas de todas las edades, incluidas dos mujeres que se enamoran mirando estrellas en Trinidad. Para regalar a una madre, a una abuela lectora o a ese amigo que dice que ya no le gustan las historias de amor. No es para quien quiera sorpresas ni tensión: aquí la emoción es suave y constante, como el ronroneo de un generador que aguanta.

Yo le pongo un cuatro. Le sobra algún guiño repetido, pero le sobran también motivos para quererlo.

Cartas a oscuras

Inés Caldeira y Marlon Falcón

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