Diez cartas y una libreta azul: el amor a la luz del quinqué
«Cartas a oscuras», de Inés Caldeira y Marlon Falcón, parte de una premisa sencilla y eficaz: en una Matanzas de apagones, un locutor desplazado de su horario inaugura un programa nocturno en el que lee cartas de amor nacidas a oscuras. Al otro lado del cristal, una técnica de sonido apunta en una libreta azul el consumo del generador y, sospechamos pronto, bastante más. La arquitectura es la de la novela de marco, con su linaje de Boccaccio a Las mil y una noches, y aquí también el relato principal avanza en las costuras de los relatos menores.
Lo mejor del libro está en las cartas. Cada una tiene un oficio, un objeto y una ciudad: la panadera habanera y su fogón de azotea, la costurera de Pinar del Río y su Singer de pedal, el relojero de Santa Clara que tornea un eje a la luz del quinqué. Los autores entienden que el amor se cuenta mejor a través de las manos que de las declaraciones, y la lengua acompaña: un español cubano sin pintoresquismo, preciso en el léxico de cada trabajo y con frases que se quedan, como esa costumbre «que es una manera muy callada de querer a alguien». Las voces se distinguen, cosa nada fácil en una serie epistolar. Celebro especialmente la carta de Santiago, la única que no promete reconciliación y entiende que el perdón no se cobra cantando bonito, y la de Alamar, escrita a dos manos, que trata un amor ya existente con una verdad poco frecuente en el género. La historia de dos mujeres en Trinidad se integra con la misma delicadeza que el resto, sin subrayados.
El reparo está en el marco. Tras cada carta, Dalia deja una pista y Ismael la malinterpreta con una frase casi idéntica: «pensó que se refería al motor». La primera vez es ironía dramática; la quinta, un tic. El lector va siempre muy por delante del protagonista, y esa distancia, en lugar de crear tensión, acaba haciendo a Ismael más torpe de lo que su sensibilidad ante las cartas permite creer. Una sola variación en el mecanismo habría bastado para que la espera pesara de verdad.
También noto cierta uniformidad tonal: casi todas las cartas resuelven con dulzura parecida, y el conflicto, aunque presente, se disuelve pronto. Es una elección legítima en un romance amable, pero diez semanas de buena voluntad terminan pareciéndose entre sí.
Dicho esto, el último tramo recoge los objetos acumulados sobre la consola con una economía notable, y el cierre, sin que yo lo desvele, tiene la contención de quien sabe cuándo apagar el micrófono. Es una novela sobre la escucha y sobre lo que sostiene a la gente cuando falta todo. Le doy cuatro estrellas: la quinta se la llevaron las repeticiones del marco, no las cartas, que la merecían.
Cartas a oscuras
Inés Caldeira y Marlon Falcón
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