Doce jueves, una servilleta y un rótulo torcido que me ganó
Confieso que empecé con la ceja levantada. ¿Una novela romántica estructurada como un curso de MBA? ¿Con DAFO, cuentas de resultados y cuellos de botella? Pues a la página diez ya estaba enganchada, porque el primer capítulo me plantó en el despacho de un director de banco con una planta de plástico y la manía de juntar las yemas de los dedos, y supe que aquí había alguien que sabe mirar.
La premisa es sencilla: Marta hereda la panadería familiar en Gràcia, tiene seis meses para salvarla y una amiga que vuelve de Londres sin explicar por qué le propone doce jueves de lecciones de empresa. Enfrente abre una cadena enorme con bombillas de revista y un encargado que sonríe demasiado para ser la competencia. Ya os imagináis por dónde van los tiros, y no pasa nada: el placer está en cómo se cuenta.
Lo mejor, sin duda, es el barrio. La señora Pilar y su rodilla, el vecino que dice estar a dieta y esconde el cruasán en el abrigo, la masa madre de la abuela con nombre propio. Son secundarios que respiran, y gracias a ellos la idea central, que lo que vende la panadería no es pan sino barrio, no suena a eslogan sino a verdad.
Y luego está el momento que me hizo parar en el metro: un padre y una hija haciendo ensaimadas de madrugada sin decir en voz alta lo que echan de menos. Tuve que mirar por la ventanilla un rato. La novela trata el duelo con una delicadeza preciosa, sin regodearse.
El romance funciona a fuego lento, con buena química y diálogos chispeantes, aunque para mi gusto el gran malentendido se resuelve de forma algo cómoda. Me interesó todavía más la historia de amistad entre Marta e Inés, que tiene la pelea más honesta del libro y es, en el fondo, el verdadero corazón de la novela.
¿Pegas? La estructura de lección por capítulo a veces se vuelve previsible: sabes que cada jueves habrá un concepto, un tropiezo y una moraleja, y en algún tramo me sentí un poco en clase. Hay frases que se repiten con intención, y casi siempre funcionan, pero alguna vez rozan el subrayado de más. Y el tono es tan amable que los conflictos nunca dan miedo de verdad.
Aun así, es de esos libros que te dejan mejor de lo que te encontraron. Ideal si os gustan las comedias románticas con olor a horno, los personajes que se equivocan y aprenden, y los finales que reconfortan. Yo ya le he pasado el título a tres amigas.
Balance de situación
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
