Doce jueves, una servilleta y la masa madre como argumento
Hace años, un director de periódico me explicó que mi columna perdía dinero. Juntó las yemas de los dedos antes de decírmelo. Por eso, cuando el señor Roig hace lo mismo en la primera página de «Balance de situación», supe que Noa Ferrer y Marlon Falcón me tenían pillado. Uno es vulnerable a quien le describe sus propios traumas con planta de plástico incluida.
La premisa es de manual, y lo digo sin desprecio: Marta hereda la panadería familiar en Gràcia, el banco le da seis meses, enfrente abre una cadena con bombillas de revista y su amiga Inés aterriza desde Londres con un MBA y una botella de cava. Doce jueves, doce lecciones de empresa. DAFO, propuesta de valor, cuello de botella, pivote. Temí lo peor: un manual de autoayuda disfrazado de novela. No lo es. O no del todo.
Lo que brilla es la mirada lateral. Las manchas de café de la libreta paterna que resultan ser anotaciones. Ferran y su cruasán clandestino, que compra complicidad y no bollería. Pilar y su rodilla izquierda, con precisión notarial. Y sobre todo las ensaimadas de la madre muerta, que el padre hace cada día por diez minutos de olor. Ese capítulo, con dos personas que no saben decir «la echo de menos» y lo dicen amasando, vale el libro entero. Aquí los números no tienen sentimientos, pero los autores sí, y saben dosificarlos.
Lo que sobra, porque algo tenía que gruñir: la arquitectura se ve demasiado. Cada capítulo termina con su moraleja bien subrayada y su servilleta guardada en el delantal, y a partir del quinto uno empieza a adivinar la lección antes de que Inés saque el rotulador. El romance con Álex, el encargado de enfrente, es simpático y tiene una arruga en la sonrisa que los autores mencionan con más devoción de la necesaria. Su conflicto central se resuelve con una eficacia de hoja de cálculo. Y el epílogo reparte felicidad como quien reparte magdalenas al cierre: a todo el mundo, incluido un bebé que ya dice «pa».
Pero hay oficio en la frase corta, humor sin crueldad y una pelea entre amigas que suena verdadera precisamente porque las dos tienen razón. Es una novela romántica donde el amor más interesante no es el de pareja, sino el de un barrio por su panadería y el de una mujer por sí misma, aprendido tarde y con harina en las pestañas.
No cambiará la literatura. Tampoco lo pretende. Pretende que salgas a comprar pan y preguntes a la panadera cómo se llama. Y eso, créanme, ya es más de lo que consiguen muchas novelas con mejores diapositivas.
Balance de situación
Noa Ferrer y Marlon Falcón
Ver el libro
Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
