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Una panadería, una servilleta y el valor de hacer balance

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay novelas que se leen como quien escucha a alguien ordenar su vida en voz alta, y «Balance de situación» es una de ellas. Marta Vidal hereda una panadería en Gràcia, una deuda y seis meses de plazo, y su amiga Inés, recién llegada de Londres con una maleta y un silencio, le propone doce jueves de lecciones de empresa con el obrador como caso práctico. La premisa podría haberse quedado en manual con barniz sentimental, y a ratos lo roza, pero la novela encuentra pronto su verdadero tema: cómo se pide ayuda, cómo se suelta lo que se quiere y cómo se hace el duelo sin nombrarlo.

Lo mejor está en los vínculos. La escena del padre entrando en el obrador de madrugada, sin preguntar, para hacer las ensaimadas de su mujer muerta, es de una delicadeza que conmueve: dos personas que no saben decir «la echo de menos» y lo dicen con manteca y harina. También me pareció muy honesto el retrato de Inés, que enseña a otros a mirar sus números para no mirar los suyos. Su vergüenza por haber perdido el trabajo y el modo en que se esconde tras el papel de experta suenan a algo que he oído muchas veces fuera de los libros. La discusión entre ambas, donde las dos tienen razón, es probablemente el momento más maduro de la novela.

Los personajes secundarios dan textura al barrio sin convertirse en caricatura: Pilar y su rodilla, Ferran y su cruasán clandestino, Noelia reclamando su derecho a hacer el pan a su manera. Hay humor amable y detalles pequeños, como las dos tazas en la mesa, que dicen más que cualquier explicación.

Donde la emoción se me quedó a medio fermentar fue en el romance. Álex es encantador, pero funciona más como pieza de la trama que como persona con deseos propios; su conflicto se resuelve con demasiada pulcritud y sus apariciones repiten una fórmula que acaba resultando previsible. Algo parecido ocurre con la estructura: cada capítulo cierra con una moraleja bien redonda, y esa insistencia didáctica a veces explica lo que el lector ya había sentido. Algún giro, como el del vídeo que lo cambia todo en un día, se apoya en la suerte más que en los personajes.

Aun así, al cerrar el libro me quedé con una sensación cálida y reconocible: la de alguien que aprende que su valor no cabe en una columna, y que pedir ayuda no es suspender. Es una lectura amable, sin estridencias, apta para cualquier lector adulto, y con una protagonista a la que dan ganas de ir a comprarle pan a las siete, cuando todavía cruje.

Balance de situación

Noa Ferrer y Marlon Falcón

Ver el libro

Psicóloga y lectora de personajes