Mil ochocientos noventa domingos y ni uno aburrido
Os lo confieso: un título con «yace» me olía a drama de sobremesa. Error mío. En la primera escena, una actuaria calcula en una servilleta cuántos domingos le quedan mientras sus amigas se parten de risa, y ahí ya me tenían. Diez páginas, ni una más.
Olga cumple cuarenta y nueve, trabaja demasiado y recibe el regalo más raro del mundo: un taller para escribir su propia necrológica. Allí coincide con Bruno, un marmolista que habla poquísimo y escribe tres líneas sobre piedras. Sus primeros piques en clase son puro oro, de esos diálogos rápidos que lees en voz alta a quien tengas al lado. Y la profesora, Carmen, ochenta y un años, gafas rojas y cero paciencia para las frases hechas, es de los mejores secundarios que me he cruzado este año. Quiero que me adopte.
Lo que más me ha gustado es que el romance no se come todo lo demás. Esto va también de amistad de veinte años, de un hijo que se ha ido de casa, de una hermana con la que no se habla y de una vida organizada en hojas de cálculo. Hay un capítulo con un cuaderno de recetas de la madre que me hizo parar en seco en pleno vagón. No os digo más, solo que lleváis pañuelos.
Los autores tienen un oído buenísimo para lo pequeño: el llavero con forma de balón, la puerta del cuarto entornada, el polvo blanco en los zapatos que Olga decide no sacudirse. La tristeza está, pero nunca se regodea; siempre aparece un chiste o una tarta espantosa para equilibrar. Y la historia de amor es lenta, adulta, sin prisas, con dos personas que han olvidado cómo hacer algo sin calcularlo. Muy bonito de ver.
¿Peros? Alguno. En la recta final todo encaja con una precisión casi tan actuarial como la protagonista: cada objeto sembrado vuelve, cada conflicto se resuelve con su frase redonda. Me emocionó igual, pero eché de menos algún cabo suelto, un poco de esa piedra áspera que el propio libro defiende. Hay un pequeño bache justo antes, con una pelea que se arregla más por estructura que porque los personajes lo pidan. Y si buscáis tensión de infarto, esto no es para vosotros; es un libro de caldito caliente.
Aun así, lo he cerrado sonriendo y pensando en qué pondría yo en mi piedra. Recomendadísimo para quien crea que la romántica es solo para veinteañeros: aquí hay amor, amigas, croquetas y una pregunta que se te queda pegada. ¿Cómo quieres vivir tú?
Aquí yace una mujer ocupada
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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Lectora voraz de veintitantos, sin paciencia para lo aburrido
