Mil ochocientos noventa domingos y una bufanda gris
Hace años un director me pidió que dejara preparada mi necrológica, por si acaso. Escribí tres líneas, dos sobre libros y una sobre un perro que no tenía. Desde entonces desconfío de las novelas que prometen enseñarnos a vivir con la muerte de excusa. Esta me ha desarmado, y no me gusta reconocerlo.
Olga Puig es actuaria, cumple cuarenta y nueve años y calcula en una servilleta cuántos domingos le quedan. Su amiga Inés le regala un taller para escribir su propia necrológica. Allí la espera Carmen Rius, ochenta y un años, gafas rojas y cuarenta años despidiendo a desconocidos en un periódico, y un marmolista de Poblenou que escribe tres líneas y todas hablan de piedra. Él tiene fecha de marcha. Ella tiene una oferta en Madrid. Ya imaginan el resto, y aciertan a medias.
Lo que brilla es el oído. Los diálogos son cortos, secos, con réplicas que uno quisiera haber dicho en alguna cena. «Las mayúsculas van aparte». «Se cobra por letra». La novela entiende que la gente que no sabe decir las cosas las dice de lado, con una broma o con un epitafio, y construye todo su humor sobre esa timidez. Hay además una escena que justifica el libro entero: dos hermanas vaciando el piso de su madre y encontrando, en los márgenes de un cuaderno de recetas, todo lo que una de ellas olvidó ser. Ahí se me empañaron las gafas. Que conste en acta.
Carmen merece capítulo propio. Es el mejor personaje, y lo sabe. Su frase sobre la previsión como forma elegante de tener miedo la he subrayado dos veces, que en mí es casi un tatuaje.
Lo que sobra, que también hay. La trama romántica se apoya en casualidades muy obedientes: una bufanda olvidada, una hija que aparece en el último escalón justo cuando hace falta. La discusión de la hoja de cálculo funciona, pero el remedio llega con demasiada simetría, y el último tramo reparte felicidad con un entusiasmo de fin de curso. Uno echa de menos que algo cueste un poco más. Y la metáfora de la piedra a medias, preciosa la primera vez, se pule tanto que al final brilla un pelo de más.
Aun así, es una novela romántica adulta de verdad: sus amantes tienen cincuenta años, divorcios civilizados, hijos que se van y padres que ya no están, y nadie pretende que eso se arregle con un beso. Se arregla, si acaso, con macarrones, con una hermana que llega sin invitación y con un viernes libre.
La recomiendo a quien tenga la agenda llena y la servilleta preparada. Puede que no le cambie la vida. Pero quizá le haga dejar la ventana abierta.
Aquí yace una mujer ocupada
Noa Ferrer y Marlon Falcón
Ver el libro
Columnista gruñón con debilidad por las buenas frases
