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Aprender a vivir escribiendo la propia despedida

Nerea Solís

2 de noviembre de 2026

★★★★★

Hay personajes que se defienden con el humor, y Olga Puig es uno de ellos. Actuaria de cuarenta y nueve años, calcula en una servilleta cuántos domingos le quedan y lo convierte en un número de sobremesa. Desde esa primera cena, con amigas que la conocen de memoria, la novela de Noa Ferrer y Marlon Falcón muestra algo que he visto muchas veces en consulta: la broma que sirve para no mirar lo que duele. Cuando su amiga Inés le regala un taller para escribir su propia necrológica, la risa de Olga deja ver el miedo que hay debajo.

Lo más logrado es cómo se construye la emoción a base de gestos pequeños. Una puerta que Olga no se atreve a cerrar ni a abrir. Un nombre tachado y vuelto a escribir en una lista. Un mensaje de su hijo que relee tres veces con el abrigo puesto. Una voz que se quiebra en la palabra «previsto». No hay grandes discursos, sino cuerpos que delatan lo que la cabeza esconde. Carmen Rius, la profesora octogenaria, podría haber sido la anciana sabia de manual, pero tiene la ironía justa y una historia propia que la hace creíble.

Bruno, el marmolista que habla poco, funciona como espejo de Olga. Ella lo anota todo; él solo se nombra a través de la piedra. Sus duelos dialécticos tienen chispa y ternura, y el romance avanza con la torpeza honesta de dos adultos que hace mucho que no hacen nada sin calcularlo. La discusión por una hoja de cálculo es una pelea muy verosímil: los dos dicen cosas que no creen del todo, y eso duele más.

Para mí, el corazón de la novela no está en la pareja, sino en la reconciliación entre hermanas. La escena del cuaderno de recetas, con las anotaciones de una madre que recordaba a su hija mejor que ella misma, es de las que se quedan dentro. El reproche de Nuria suena a verdad: quien organiza todo a veces lo hace para no quedarse sentado mirando cómo alguien se va.

Mis reservas llegan en el último tercio. La fiesta en vida de Carmen y la resolución con Bruno resultan algo calculadas, irónicamente, para una novela que celebra lo imprevisto. Su cambio de rumbo llega más contado que vivido, y todos los hilos se atan con un lazo muy cuidado. No es falso, pero sí un poco complaciente.

Aun así, al cerrar el libro me quedé pensando en qué escribirían en los márgenes de mi vida quienes me quieren. Pocas novelas románticas consiguen eso.

Aquí yace una mujer ocupada

Noa Ferrer y Marlon Falcón

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Psicóloga y lectora de personajes