Una servilleta, mil ochocientos noventa domingos y un mármol a medio pulir
Confieso que abrí «Aquí yace una mujer ocupada» con el lápiz afilado y cierta desconfianza: una actuaria que calcula sus domingos restantes, un taller para escribir la propia necrológica, un marmolista taciturno. La premisa huele a fórmula. Y sin embargo Noa Ferrer y Marlon Falcón han sabido convertirla en algo más fino de lo que anuncia, una novela sobre la vanidad del currículum y la memoria de las cosas pequeñas, con una historia de amor que, por una vez, no devora todo lo demás.
La arquitectura es limpia. La cena de cumpleaños funciona como obertura y plantea, con una servilleta de papel, la pregunta que el libro tardará trescientas páginas en responder. Cada sesión del taller de Carmen Rius marca un movimiento: la necrológica, la lista de asistentes, la costumbre íntima, el epitafio. Es un andamiaje casi escolar, pero eficaz, y los autores tienen la inteligencia de dejar que las tramas secundarias, la reconciliación con la hermana o la amistad con Rosa e Inés, pesen tanto como el romance. La escena del cuaderno de recetas, con las anotaciones maternas en los márgenes, es lo mejor del libro: emoción sin sentimentalismo, sostenida en un detalle concreto.
La lengua está muy trabajada. El diálogo tiene ritmo de esgrima, réplicas breves que la tradición de la comedia romántica clásica reconocería sin esfuerzo, y una contención que evita el subrayado. Los objetos hacen buena parte del trabajo simbólico, la bufanda, el polvo blanco en los zapatos, la mano de mármol que espera qué sostener, y casi siempre con discreción. Carmen Rius, con su elegancia de periodista retirada, es un personaje secundario memorable, y su sentencia sobre la previsión como forma elegante del miedo es la tesis del libro dicha con gracia.
Los reparos llegan al final. La discusión por la hoja de cálculo es un conflicto bien sembrado, pero se resuelve con una prisa que contrasta con la paciencia de lo anterior. El último tramo acumula soluciones felices: el jefe accede, la hermana aparece, cada personaje recibe su recompensa en una fiesta coral algo dulce, como la tarta fucsia que describe. Algunos ecos se repiten en exceso, «sin hoja de cálculo», «se cobra por letra», y la voz, tan segura al principio, se vuelve complaciente justo cuando debía arriesgar. La lección sobre vivir el presente, además, se enuncia más de una vez cuando ya estaba en las imágenes.
Aun así, el balance es claramente favorable. Es una novela romántica adulta, amable sin ser blanda, con personajes que se equivocan y se piden perdón con palabras verosímiles, y apta para cualquier lector. Se cierra con el deseo de volver al taller de Poblenou un viernes cualquiera, y eso, para una vieja profesora que rara vez se deja ablandar, ya es un elogio.
Aquí yace una mujer ocupada
Noa Ferrer y Marlon Falcón
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